El filósofo

Las nubes oscuras se ceñían sobre la plaza amenazando abrirse como odres, impacientes por vaciar su carga, y barrer el polvo contaminado de la tarde.Payaso llorón

Entre tanto, el payaso llorón recomponía su chaqueta de colorines y remiendos gastados sin dejar de danzar. Todos le conocían como el payaso llorón, porque al hacer sus piruetas y chistes para atraer la atención de los niños, siempre parecía que iba a llorar en vez de reír.

El frío hacía andar de prisa a los transeúntes, nadie se paraba, sin embargo algún niño que otro se giraba con su mirada limpia, sincera, fresca y feliz.

La tarde era espantosamente fría, aún así, nuestro amigo como siempre se niega a marcharse. Siempre aguanta hasta el último momento, cuando ya está todo cerrado y las calles se quedan sin nadie.

Entonces, con su paso cansino y las manos metidas en los bolsillos, se dirige a su guarida. Él llama a su guarida, a la pequeña habitación alquilada que tiene en el sótano de un viejo inmueble. No le gusta la habitación, y mucho menos, desde que su amigo y compañero murió; desde entonces, la habitación le asfixia y la soledad le pesa demasiado. Las paredes húmedas parecen relatar todos los problemas del mundo.

La rutinaria costumbre ata con cadenas el deseo de cambiar. Algún día lo conseguiré, algún día lo alcanzaré, intentándolo todos los días como lo intento, alguna vez, tendré que conseguirlo. Se decía el caballero.

Ofrecía su amistad a los compañeros de la plaza, donde cada uno trataba de llamar la atención de los paseantes para conseguir unas monedas. Debe de haber una forma de escapar de este círculo, pensaba. Se lamentaba también, por el carácter seco y poco amable de sus conocidos y vecinos.

Se esforzaba en ser cordial y cariñoso con ellos, aún así, no le correspondían de la misma manera.

Tengo que idear una estrategia, voy a vender papelitos de la suerte. Así, estaré en contacto con el público y será más fácil hacer amigos.

Y como era medio filósofo, escribió unas bonitas frases en papel de regalo, las frases las envolvió en caramelos que luego vendía. Vestido de hombre serio, no de payaso.

Escribía frases como.

Tú alcanzarás todo lo que te propongas. Tu mirada taladrará cualquier corazón que elijas. Tú serás feliz en cualquier punto que prefieras. Alguien viaja en tu pupila. En tí el misterio de la vida nace.

Eran frases, con un mensaje feliz y profético.

Tuvo mucho éxito, vendía bastantes caramelos. A la gente le gustaban aquellos mensajes, que guardaban con celo, después de comerse el Caramelo. Y más todavía, cuando al poco tiempo, comenzó el rumor, que las predicciones se cumplían. La mayoría compraba caramelos con el ansia de saber que le deparaba el destino.

También, él estaba asombrado de su éxito, y se sorprendía, de que se les realizaran sus predicciones.

¡Qué mundo más extraño!, reflexionaba.

¿Cómo puede pasar esto?

Con cualquier frase que yo escribo, consiguen alcanzar sus deseos en la vida. Mientras yo, el creador de sus sueños y la luz de su destino, no consigo salir de esta soledad.

Con el éxito de sus profecías, obtuvo más dinero. Dejó la fea y húmeda habitación, se compró un piso, si bien no era muy grande. Estaba situado en un bloque con muchos vecinos. En su nueva morada, hizo algunas amistades, aunque claro, a mediana edad, todos tienen sus vidas organizadas.

Un día pensó, ya tengo la solución. Escribo en el papel: Tú no estará jamás solo, el caramelo me lo como yo, y guardo el papel. Se dijo a si mismo. Así, lo hizo, nuestro perenne solitario. Esperando que su vida cambiara; pero no fue así, cada día leía el papel, sin embargo nada cambiaba en su vida.

Se volvió descreído, pesimista y quejica. Se quejaba de todo y por todo. Del tiempo, de creencias, de la ciencia, de la medicina, de cultos religiosos, de deportistas, de optimistas y pesimistas, vanidosos y austeros y… etc. etc. etc. Para él, todo estaba mal, nada, absolutamente nada, estaba bien en este mundo.

Dejó de luchar para subsanar su problema.

¿Para qué, intentar nada? Si llevo intentándolo siglos, y no lo he conseguido. Por tanto no lucho más. Todo es una mierda. Se repetía constantemente.

Un día, estuvo un poco indispuesto, había devuelto la comida, se hizo una manzanilla. Como seguía teniendo sabor amargo en la boca, cogió uno de sus caramelos y se lo comió. Mientras saboreaba el dulce en su boca, leyó la frase que había escrito: Todo tiene que estar en tí.

Una sonrisa sarcástica se dibujó en su descreído rostro.

Al día siguiente, pensó en organizarse mejor el día y la semana para tener más tiempo libre. Él mismo se sorprendió al darse cuenta, de que haciendo lo mismo que todos los días, tenía más tiempo. Decidió tomarse la tarde para descansar y pasear, sin hacer nada más.

Al salir se encontró con la vecina que siempre le saludaba.

  • ¿Ya se va usted a la plaza vecino? Le preguntó.

  • No, esta tarde la tengo libre, hoy me he organizado mejor.

  • ¡Ah, entonces podría usted pasad y acompañarme a tomar un café! Estoy leyendo un libro de filosofía, y quería comentarlo con usted.

  • Yo…encantado vecina, respondió sorprendido.

Horas más tarde, reflexionaba: ¿Cómo no la he invitado yo antes?

Esta mujer es un encanto, divina y maravillosa. Yo… cada día entiendo menos este mundo.

¿Pero cómo pueden pasar estas cosas? ¿Cómo?

¡Dios mío! Si entiendo algo que me maten.

¿Cómo puedes consentir esto?

Esos eran sus pensamientos constantes en medio de su extrañeza, no podía creer lo que le estaba pasando, estaba tan contento que bailaba solo, frente al televisor.

Distraído, cogió un caramelo y se lo metió en la boca. Al darse cuenta de ello, se sobresaltó, tenía miedo de leer la frase, ya que podría ser contraria a lo que vivía en esos momentos, aunque… Tampoco quería tirar el papel sin leerlo. Así que, después de pensarlo un buen rato, y temblando de miedo y nervios; abrió la mano y leyó:

Todos somos Dios.

Alejandra.

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Un comentario en “El filósofo

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