Cajas sin alma

“No hay influencia buena; toda influencia es inmoral…
inmoral desde el punto de vista científico.
Influir sobre una persona es transmitirle nuestra propia alma”
Oscar Wilde
matrioskas2
“Sólo se ve bien con el corazón
lo esencial es invisible a los ojos.”
Antoine de Saint-Exupéry

15matrioshka14 10-01-2012 10-16-24 23Lo había despertado la guadaña de la muerte, filo sarcástico, desconsiderado y soez.

Abrió los ojos para encontrarse en la habitación de un hospital, aire gélido, ambiente gris, en la nariz alcohol y en la boca, un agrio sabor a éter y naftalina ¡Se sentía rígido y turbado, conmocionado! No había terminado de despertarse cuando un dolor lacerante comenzó a incendiarlo de la cabeza a los pies ¡Quiso gritar! pero justamente cuando se disponía a abrir la boca, se dio cuenta que el tormento de huesos, carne, suturas y heridas estaba signado a un solo lado de sí, ubicado exactamente en su parte derecha, la otra permanecía completamente insensible, como si no fuera suya ¡Estaba ahí, ciertamente! La apreciaba en el total de su figura, la veía… pero tirada, tipo gel, estructurando un apéndice fallecido, inerte y adherido a la misma estampa a la cual pertenecía. Intentó moverse entero pero nada apenas si lograba hacer vibrar el borde derecho la mano, la rodilla… ¿Las uñas?

No sabía qué le había sucedido ni dónde estaba. La mente lo acorralaba con un aturdimiento feroz de preguntas, pánico y exigencias ¡Le invadía un potente terror físico cuya fuerza, involuntariamente le impulsaba al delirio! Dejó de preocuparle el agudo dolor con que se había despertado… En la escala de valores que apenas estaba descubriendo, el calvario del tormento significaba que su cuerpo, al menos, estaba funcionando, su maltrecho sistema nervioso, resucitaba, a medias… ¡Cuánto sufrimiento! … pero lo peor era esa condición tan incoherente, el auténtico peligro radicaba en lo que no sentía, la parálisis, el letargo, la insensibilidad ¡Cómo deseaba que se le generalizara esa explosión quemante que le torturaba en pedazos! En la escala del uno al diez, el uno representaba el horror de presumirse inválido e inútil y el diez, el suplicio más apremiante que jamás le había atormentado pero que felizmente, estaba experimentando. Sus nervios derechos parecían una autopista repleta de señales punzantes, iban y venían, calientes, inflamados, bajaban y subían recorriendo sus recovecos en la constante velocidad de la luz, la red no paraba, de un lado exceso, del otro, el vacío. Jamás pensó que desearía sufrir tal barbaridad en su todo, en las partes blandas, en los huesos, en el pelo… Absolutamente abstraído como estaba en sus “no movimientos” y sus “demasiados”  casi ni se percató cuando entraron un doctor y una enfermera.

– Buenos días ¡Que alegría verlo con los ojos abiertos! Hemos venido inmediatamente a saludarle, una vez que los monitores rastrearon su actividad consciente y nos comunicaron las variantes de sus signos vitales…

– … no lo diría exactamente de esa forma ¡Solo me muevo por la mitad! ¿Qué me ha pasado? ¿Por qué estoy aquí?
– Nos gustaría que nos diga su nombre… dijo el doctor tocándose la barbilla

– ¿Mi nombre? … luego de un largo silencio, respondió ¡No me acuerdo! ¿Podrían decirme qué me pasó? ¿Dónde estoy?

– Bueno, la verdad, para serle sincero, el procedimiento no funciona así, diciéndole lo que no sabe, la idea es que usted mismo descubra lo qué sucedió y nos lo diga, no hay otra forma, mientras, seguirá al cuidado del hospital recibiendo la terapia adecuado tanto para su cuerpo como para su ser sensible, la parte emocional.

– ¿Tuve un accidente? Preguntó casi suplicando.

– Le repito, de eso se trata justamente, de averiguar qué le pasó, lo trajeron… lo siento ¡No puedo decirle más!

– Al menos dígame cuánto tiempo tengo aquí…

– ¿Cree qué tiene algo qué hacer?

– ¡No se trata de eso! Es que necesito saber…

– ¿Para qué?

– ¡Para entender! Recalcó visiblemente molesto.

– ¿Qué? Por ejemplo, dígame.

– No sé…

– Si no sabe nada ¿Para qué quiere saber “algo”? ¿Decirle cambiará el tema? Luego insistió – ¡Dígame la fecha, día, mes y año!

Suspiró profundamente ¡No sabía qué decirle! ¿Cómo era posible? Sintió un frío desmesurado, de ese que congela de adentro hacia afuera ¡No solo estaba paralítico, con un dolor inhumano en un lado, además y para colmo, tampoco sabía nada de nada!

– Doctor ¡Me acabo de despertar! ¿Cómo quiere qué responda tantas cosas? Dijo tembloroso a manera de excusa.

– ¿Le parecen preguntas muy complicadas?

– No es eso…

– ¿Qué es entonces? No hay apuro… dijo con voz ofuscada

– ¡No lo sé! ¡Por lo menos necesito saber dónde estoy! expresó con furia.

– ¿Qué importancia puede tener conocer dónde está, la ubicación, si no sabe quién es? ¿Me puede decir su nombre?

Se quedó callado, no tenía argumentos para esas preguntas tan fulminantes, apretó la mandíbula, la despegó, intentó coordinar qué mencionar pero estaba temblado, le corría una lágrima, sola una… “Ellos”, silenciosos, le acomodaron las almohadas, le sonrieron cortésmente, abrieron las cortinas del cuarto e inmediatamente salieron. Afortunadamente, la ventana daba a su lado activo, a lo lejos, veía caer la nieve a borbotones, sin parar, gruesa y blanca como la espuma del mar cuando está bravío, en medio de esa lluvia de gelatina, apretada y escabrosa, se abrió un pequeño agujero en el espacio, como que si hubiesen cortado una zanja entre la tormenta, logró visualizar casi milagrosamente, una cabañita de madera con la puerta abierta, allí, sentada en la entrada, estaba una anciana pintando lo que al parecer, eran unas cajitas de diferentes tamaños y colores, azules, rojas, verdes, doradas y negras, primero estiraba las… ¿cartulinas? Luego las doblaba con esmero, sacándole punta con las uñas en las esquinas, les daba forma ¡Las observaba largo rato! después las iba decorando pincel en mano mientras la nieve se le acumulaba en la cabeza, indiferente ante un clima tan despiadado. La anciana, más bien, parecía encontrase junto a una hoguera, tibia y generosa, cálido y amable hogar de los ensueños más perfectos… << ¡Seguramente debe haber vivido aquí toda la vida! con semejante nevada y trabajando al aire libre ¡Que cosa tan extraña!>>

Así pasaron las horas, la tarde se fue estirando como un gusano, redondeándole las muecas a los minutos, que sin piedad ni consuelo, se congelaban entre el aire y el suelo y la viejita igual ¡Trabajado sin cesar sobre el tiempo inacabado! Había construido una inmensa hilera de cajas y con extrema mesura y paciencia china, las había ordenado sobre la rústica mesa con patas de tronco que tenía en su portal ¡Era una proeza de doradas propuestas la estela de tan radiantes acciones! ella, incólume, seguía y seguía… Diferentes tamaños y colores para cada una, grandes, otras medianas, las pequeñas y unas pequeñitas finalmente, las fue metiendo unas dentro de las otras, hasta que quedaron pocas en ese proceso de ir guardándolas todas dentro de ellas mismas.

La noche temprana arribó intempestiva, cubriendo la escasa luminosidad con sus lacerantes sombras. No había terminado de parpadear buscando algo de luz en medio de la impuesta oscuridad calmarse, suavizar los desesperados latidos de su corazón de pesadilla, acorralado entre la nocturna sequía y la sátira de sus manos tétricas y húmedas. Así estaba, ahogándose, cuando entró la mecánica enfermera, indiferente como un verdugo en el preámbulo de la próxima ejecución le tomó la vía endovenosa, le inyectó algo, cerró las cortinas y le dio la espalda. Él intentó gritarle pero fue imposible, quiso despegar los labios pero se le fueron endureciendo, implacables como la sentencia de un pecado mortal, los ojos se le encogieron… Poco a poco se desbarató en mil ausencias, roñosos gemidos de un mundo que no era suyo. No supo ni qué pasó.

– Buenos días ¿Cómo se encuentra hoy? ¿Mejor? 

– ¡Pues no! Me siento muy mal ¡Peor! como el deshecho de un pescado podrido ¿Acaso soy un pedazo de carne que se les olvidó en esta cama? ¿Qué clase de profesionales son ustedes?

– Entendemos su descontento pero es la única manera de ayudarlo, comentó el doctor condescendientemente. Precisamente venía a comunicarle que hoy comenzamos con las terapias, estoy esperando a la Psiquiatra la Dra. Irina Lébedev quién es una profesional de primera línea, con estudios e investigaciones realizadas en los centros más importantes a nivel mundial para casos como el suyo…

– …y ¿Qué se supone que soy? ¿Un caso? ¿De qué tipo? dijo en tono agresivo mientras clavaba su destruida mirada en las indolentes pupilas del doctor.

– De manera inmediata, le comento, se trata de un “caso” de amnesia profunda con…

– ¡Hasta eso se lo puedo decir yo! Interrumpió iracundo.

– La cuestión no radica lo que puede decir, sino en lo que no. Créame, va a ser asistido por la persona más capacitada que hay en este momento, además, casualmente, está realizando una investigación al respecto.

– … o sea, tipo “conejillo de indias” dijo en una mezcla de ira, tristeza y miedo.

– ¡Precisamente aquí está! Bienvenida Dra. Lébedev, le presento al paciente, claro, por razones obvias no le puedo decir cómo se llama, si le parece, inicialmente lo podemos denominar HA-1001, luego usted decide.

¡No lo podía creer! Ni lo que oía ni lo que veía ¡La doctora era la anciana que había estado pintando las cajas en la cabañita durante la prolongada nevada! claro se veía diferente, más joven, altiva, con esa ropa… pero sin duda ¡Era ella! no había pasado todo el día anterior viéndola como para no reconocerla…

– ¡Usted era la señora que estaba pintando las cajas ayer! 

– ¿Cómo? dijo la doctora con frialdad.

– ¡Sí! La estuve viendo trabajar sin cesar en la puerta de su cabaña, hizo muchas cajas, las pintó luego las guardó unas dentro de otras, después cayó la noche, me “drogaron” recalcó con desprecio viendo a la enfermera, hasta ahora, que vuelvo a saber de mí y de usted ¿Cómo pudo estar con semejante tormenta como qué si nada? Me inspiró verla… ¡Fue algo maravilloso! aún en medio de la grotesca infamia que ha me tiene atado a esta cama como si fuese un despojo de carroña, bueno, ni siquiera un animal merece lo que estoy sufriendo, al menos las carroñas ya están muertas. Recuerdo que las cajas más pequeñitas siempre eran las negras…

– Mire, me agrada que me haya visualizado en sus sueños en ese proceso artesanal, “artístico” esas imágenes, esas evocaciones suceden, comentó la doctora lo más científicamente que pudo, luego continuó…

– Hay mucha confusión en sus pensamientos, estar en coma es un proceso muy complejo, más aún cuando despertar ni recuerda y además, parte de su cuerpo está, digamos, paralizado. Acabo de llegar directo del aeropuerto, nunca he estado aquí, de hecho he venido solo para tratarlo… a usted.

– ¡Como puede negarlo! ¡Yo la vi! ¡Estaba despierto! ¡Era usted! ¿Cómo es posible que lo niegue? ¿Esto forma parte de la terapia? ¡Tanta crueldad! ¡No lo puedo creer! ¡Auxilio! ¡Que alguien venga en mi ayuda! ¡Es urgente! ¡Me voy a morir! ¡Quieren matarme!

La doctora vio a la enfermera quien inmediatamente entendió la señal, tomó una jeringa llena de un líquido acuoso y fosforescente, con fuerza, agarró el escuálido brazo del paciente y se lo inyectó con rapidez. De nuevo el sopor lo fue invadiendo, el cuerpo se le fue haciendo pesado como una cruz de acero cubierta de piedras y espinas, los ojos se le retorcían, la lengua se pegaba en el paladar. Los rostros se fueron difuminando lentamente hasta desaparecer y las voces, huecas y sin reflejos, ya no fueron ¡Nuevamente su ser se entregó al amasijo de añicos que lo envolvía, untándolo con el polvo grotesco de la pesadumbre y la miseria!

La doctora se quedó muda ¡Las cajas de la muerte! La última, la negra, símbolo de la sepultura, el olvido y la soledad ¿Para qué sirve un cuerpo lapidado dentro de la escafandra de la piel si los poros han perdido el rumbo, si no hay norte ni horizonte? Aunque trataba de salvarlos nunca podía, llegaba tarde… Todos los enfermos en sus estudios repetían lo mismo ¡Las cajas como matrioskas! La viejita y la nieve… Este caso fue peor, además del coma, la atrofia y la amnesia ¡Que desespero tan profundo, aterrador! deambulando dentro sí mismo y además atado, inmóvil. Tal vez responda a la fisioterapia pero…

Por más que intentaba iniciar la terapia psiquiátrica, la locura se los llevaba primero ¡Imposible negociar algo de cordura en medio de la angustia y el pánico, el delirio! El equilibrio podría tal vez, rescatarse, si al menos, una gota de realidad perdurara pero no…

Por experiencia sabía que la psicosis siempre superaba a la palabra, escapaba de la verdad de la misma manera que un condenado desea huir de su cadena perpetua o un proscrito, sobrevivir a su sentencia de muerte.

Scarlet C


 

Cita 1: http://www.frasesypensamientos.com.ar/autor/oscar-wilde.html
Cita 2: http://akifrases.com/frase/140135
Imágenes:http://imagenesfotos.com/fotos-de-matrioskas/

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